martes, 2 de febrero de 2010

VERDAD ABSOLUTA Y RELATIVA


CARTAS ROSACRUCES III

VERDAD ABSOLUTA Y RELATIVA

Toda la ciencia del mundo se funda en la hipótesis de que las cosas son efectivamente como parecen ser y, sin embargo, poco se necesita pensar para comprender lo erróneo de la suposición, puesto que la apariencia de las cosas no depende meramente de lo que son en sí mismas, sino también de nuestra organización y de la índole de nuestras facultades perceptivas. El mayor obstáculo que en el camino del progreso encuentra el estudiante de las ciencias ocultas es la creencia errónea de que las cosas son lo que parecen ser y a menos de que pueda trascender este error y considerar las cosas, no desde el relativo punto de vista de su limitado ego, sino desde lo Infinito y lo Absoluto, no será capaz de aproximarse a la Luz, será necesario que imprima con más energía en su mente el carácter ilusorio de los fenómenos.

Todo cuanto el hombre conoce del mundo externo, lo ha aprendido por efecto de las impresiones que llegan a su conciencia por medio de los sentidos. Comparando las impresiones repetidamente recibidas y tomando el resultado de la comparación como base para especular acerca de lo que no conoce, puede formar ciertos juicios referentes a cosas que trascienden a su sensoria facultad perceptiva; pero dichos juicios sólo serán válidos respecto a quien los forma y de quienes se hallen constituidos lo mismo que él; pero en cuanto a los demás seres cuyas organizaciones difieren por completo de la suya, sus argumentos y especulaciones lógicas no tienen valor alguno, y pueden existir en el universo incalculables millones de seres de organización superior o inferior a la nuestra, pero por completo distinta, quienes perciban las cosas bajo un aspecto muy diferente. Tales seres, aun viviendo en nuestro mismo mundo, pueden no conocer nada de este mundo que es el único concebible para nosotros; y podemos no saber nada intelectualmente acerca de su mundo, a pesar de ser éste uno e idéntico con el en que vivimos. Para percibir su mundo, necesitamos suficiente energía para desechar los errores y preocupaciones heredados y adquiridos; debemos ascender a un nivel superior al del yo inferior que está atado al mundo sensorio por mil cadenas y ocupar mentalmente el punto desde donde podamos contemplar el mundo bajo un aspecto superior. Debemos morir por decirlo así, o sea, vivir inconscientes de nuestra existencia personal hasta adquirir la conciencia de la vida superior y mirar el mundo desde el punto de vista de un dios.

Por lo tanto, la ciencia moderna es sólo relativa, lo cual equivale a decir que nuestros sistemas científicos enseñan únicamente las relaciones entre las cosas externas y mutables y una cosa tan transitoria e ilusoria como la personalidad humana, que no es más que el aspecto externo de una actividad interna, acerca de la cual nada sabe la ciencia académica. Los tan alabados y encomiados conocimientos científicos son superficiales y sólo se refieren a uno de los infinitos aspectos por medio de los cuales se manifiesta Dios.

La ignorancia ilustrada cree que su manera especial de considerar el mundo de los fenómenos es la única verdadera y se aferra desesperadamente a estas ilusiones que toma por únicas realidades y, a quienes comprenden que son ilusiones, los tilda de soñadores; pero mientras se mantenga adherida a estas ilusiones, no las trascenderá y continuará siendo una ciencia ilusoria, incapaz de comprender el carácter verdadero de la Naturaleza y, en vano, pedirá pruebas de la existencia de Dios si cierra sus ojos a la eterna luz.

Sin embargo, no le pedimos a la ciencia moderna que se coloque en el plano del Absoluto, porque cesaría de ser relativa respecto al mundo exterior y no tendría valor alguno. Se ha admitido que los colores no tienen realidad por sí mismos, sino que provienen de cierto número de ondulaciones luminosas; pero esto no impide, en manera alguna, la fabricación de colores y su útil empleo. En cuanto a las demás ciencias de observación sensoria, les convienen análogos argumentos sin que vayan contra los trabajos de investigación, sino que sirven para instruir a quienes no se satisfacen con el conocimiento superficial y externo y, para moderar si es posible, la presunción de cuantos creen saberlo todo y que , esclavos de sus ilusiones, pierden de vista lo Eterno y real, cuya existencia niegan.

No es el cuerpo físico quien siente, razona y piensa, sino el invisible hombre interno, por medio de los órganos corporales. No hay razón alguna para creer que el hombre interno cesa de existir cuando el cuerpo muere; por el contrario, como veremos después, es irrazonable suponer que también muera. Pero si el hombre interno pierde, con la muerte del organismo físico, la facultad de recibir impresiones del mundo externo; si la pérdida del cerebro le impide pensar, cambiarán por completo las relaciones, mediante las cuales permanecía en el mundo y las condiciones de su existencia serán por completo distintas. Su mundo no será nuestro mundo, aunque en el sentido absoluto de la palabra ambos mundos son sólo uno. Así es que con este nuestro mundo pueden coexistir un millón de mundos diferentes, con tal de que exista un millón de seres cuyas constituciones difieran unas de otras, es decir, que sólo existe una naturaleza, pero puede aparecer bajo un número infinito de aspectos. En cada uno de los cambios de nuestra organización, el mundo se nos presenta en distinto prisma. Al morir entramos en un mundo nuevo, aunque no cambia el mundo, sino nuestras relaciones con él.

¿Qué sabe el mundo de la verdad absoluta? Sol, luna, tierra, fuego, aire, agua, sólo tienen existencia real con relación a nosotros, mientras nos hallamos en un estado de conciencia, durante el cual creemos que existen. En el reino de los fenómenos no existe la verdad absoluta; ni siquiera en las matemáticas la encontramos, puesto que todos sus teoremas son relativos y se fundan en ciertas hipótesis referentes a la magnitud y la extensión, que de por sí son de carácter fenoménico. Si se alteran los conceptos fundamentales de las matemáticas, se alterarán estas ciencias. Lo mismo cabe decir de nuestro concepto de la materia, movimiento y espacio. Estas palabras expresan los conceptos que, acerca de cosas inconcebibles, ha formado el hombre según el estado de su conciencia.

Si miramos un árbol, se forma en nuestra mente una imagen, lo cual equivale a decir que entramos en un estado de conciencia que nos relaciona con un fenómeno de cuya verdadera índole nada sabemos, pero al que llamamos árbol. Para un ser diferente del hombre, podrá ser lo que nosotros llamamos árbol, algo enteramente diferente, quizás transparente y sin solidez material y a millares de seres cuyas constituciones difieran unas de otras, les parecerá bajo mil aspectos distintos. Podemos nosotros ver en el Sol solamente un globo de fuego; pero un ser de superior facultad comprensiva podrá ver en lo que nosotros llamamos sol algo para nosotros indescriptible; porque careciendo de las facultades necesarias para percibirlo en su realidad, no podemos concebirlo.

El hombre externo guarda cierta relación con el mundo externo y sólo puede conocer del mundo esta relación externa. Alguien objetará que debemos contentarnos con este relativo conocimiento sin profundizarlo. Sin embargo, esto impediría todo progreso ulterior, condenándonos a permanecer sumidos en el error y en la ignorancia; porque el mero conocimiento de ilusiones externas es ilusorio. Además, el aspecto externo de las cosas es consecuencia de una actividad interior y, a menos que conozcamos el verdadero carácter de esta actividad interna, no podremos comprender el carácter verdadero del fenómeno externo. Por otra parte, el hombre real e interno, que reside en la forma externa, mantiene ciertas relaciones con la actividad interna del Cosmos, las cuales no son menos estrictas y definidas que las existentes entre el hombre externo y la naturaleza externa y, a menos de que el hombre conozca sus relaciones con Dios, jamás comprenderá su naturaleza divina ni alcanzará el verdadero conocimiento de sí mismo. Mostrar la verdadera relación entre el hombre y TODO y elevarle al excelso plano de existencia que debe ocupar en la Naturaleza, es el único y verdadero objeto de la religión verdadera y de la verdadera ciencia. El que un hombre haya nacido en cierta familia o en cierta ciudad no indica en manera alguna que haya de permanecer allí durante toda su vida y, análogamente, el que esté en inferior condición física, moral o intelectual, no entraña la necesidad de que permanezca siempre en tal estado y no pueda elevarse a mayores alturas.

La ciencia suprema tiene por objetivo el superior conocimiento de Dios y sólo podemos saber de Dios la manifestación de Su actividad en nuestro interior. El conocimiento del Yo equivale al conocimiento de nuestra divina naturaleza.Entonces el Yo interno reconocerá sus relaciones con el divino Principio del universo, si cabe hablar de relaciones entre dos cosas idénticas. Para expresarnos con más corrección, deberíamos decir que el hombre se conoce espiritualmente a sí mismo cuando conoce que Dios mora en su interior.

Toda facultad física o mental proviene del espíritu. Por la actividad espiritual percibe el hombre con sus sentidos corporales. En la mayor parte de los hombres la interna fuerza espiritual sólo ha despertado la potencia intelectual y los sentidos exteriores. Pero hay hombres excepcionales, en quienes la actividad espiritual alcanza un grado mucho mayor y han desenvuelto las facultades internas de percepción. Tales hombres perciben lo que para los demás es imperceptible y ejercitan facultades que aún están latentes en el resto de los mortales. Si los cientistas presencian un caso práctico de percepción superior, lo achacan a un estado morboso del cuerpo, pues la ciencia académica nada sabe de las leyes fundamentales de la Naturaleza y confunde las causas con los efectos y los efectos con las causas. Con igual razón, podría un rebaño de carneros, si uno de ellos hubiese obtenido la facultad de hablar, creer que su compañero estaba enfermo. Así, la sabiduría, es locura para el loco; la luz, tinieblas para el ciego; la virtud, vicio para el vicioso; la verdad, embuste para el falso y en todo vemos que el hombre no percibe las cosas tal cual son, sino tal como las imagina.

Todo cuanto los hombres llaman bueno o malo, verdadero o falso, útil o inútil, etc., es relativo a su limitada percepción y, de aquí, la diversidad de opiniones, conceptos y juicios sobre un mismo objeto de percepción. Por esto el lenguaje va acompañado de la confusión, puesto que diferenciándose siempre en algo las diversas constituciones de los hombres, cada cual percibe las cosas de distinto modo. Esta verdad es todavía más evidente en las cuestiones de ocultismo, sobre las cuales la mayor parte de los hombres tienen ideas falsas y una sola máxima o aforismo oculto suscitaría disputas o falsas interpretaciones. Las únicas verdades que se hallan fuera del alcance de toda disputa son las absolutas, que no necesitan demostración por lo axiomáticas y expresarlas por medio del lenguaje equivale a decir lo que todo el mundo sabe y nadie niega. Decir, por ejemplo, que Dios es causa de todo bien, equivale sencillamente a simbolizar el origen desconocido de todo bien con la palabra "Dios".

Las verdades relativas conciernen únicamente a la transitoria personalidad y sólo puede conocer la verdad absoluta quien trascendiendo el yo inferior y el fenómeno, llega a la región de lo real, eterno e inmutable. Quien esto logra, muere para el mundo, o lo que es lo mismo, desecha por completo la noción del yo personal e ilusorio y se une con Dios, en cuyo seno no existe el menor sentimiento de separación. Si estás dispuesto a morir así, puedes entrar en el santuario de la ciencia oculta; pero si te atraen las ilusiones del mundo objetivo y, sobre todo, la ilusión de tu personalidad, en vano buscarás el conocimiento de Aquello que existe por sí mismo, independiente de toda relación y es el eterno centro del cual todo procede y al cual todo vuelve; al flamígero centro, el Padre, a quien sólo puede acercarse el Hijo, la Luz y la Verdad Suprema.

del libro "La Masonería y el Catolicismo" y "Cartas Rosacruces", de Max Heindel


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